PANORAMA
GENERAL DEL SIGLO XX
según el historiador Eric Hobsbawm
“Mi propósito es comprender y explicar por qué los acontecimientos
ocurrieron de esa forma y qué nexo existe entre ellos. (…) En efecto, en una
gran parte del planeta, todos los que superan una cierta edad, sean cuales
fueren sus circunstancias personales y su trayectoria vital, han pasado por las
mismas experiencias cruciales que, hasta cierto punto, nos han marcado a todos
de la misma forma.
El mundo que se desintegró a finales
de los años ochenta era aquel que había cobrado forma bajo el impacto de la
revolución rusa de 1917. Ese mundo nos ha marcado a todos, por ejemplo, en la
medida en que nos acostumbramos a concebir la economía industrial moderna en
función de opuestos binarios, «capitalismo» y «socialismo», como alternativas
mutuamente excluyentes. El segundo de esos términos identificaba las economías
organizadas según el modelo de la URSS y el primero designaba a todas las
demás. (…)
¿Cómo hay
que explicar el siglo XX corto, es decir, los años transcurridos desde el
estallido de la primera guerra mundial hasta el hundimiento de la URSS (…)?
Ignoramos qué ocurrirá a continuación y cómo
será el tercer milenio, pero sabemos con certeza que será el siglo XX el que le
habrá dado forma. Sin embargo, es indudable que en los años finales de la
década de 1980 y en los primeros de la de 1990 terminó una época de la historia
del mundo para comenzar otra nueva. (…)
(…) el siglo XX aparece estructurado como un tríptico. A una época de
catástrofes, que se extiende desde 1914 hasta el fin de la segunda guerra
mundial, siguió un período de 25 o 30 años de extraordinario crecimiento
económico y transformación social, que probablemente transformó la sociedad
humana más profundamente que cualquier otro período de duración similar.
Retrospectivamente
puede ser considerado como una especie de edad de oro, y de hecho así fue
calificado apenas concluido, a comienzos de los años setenta. La última parte
del siglo fue una nueva era de descomposición, incertidumbre y crisis y, para
vastas zonas del mundo como África, la ex Unión Soviética y los antiguos países
socialistas de Europa, de catástrofes. (…) Desde
la posición ventajosa de los años noventa, puede concluirse que el siglo XX
conoció una fugaz edad de oro, en el camino de una a otra crisis, hacia un futuro
desconocido y problemático (…).
El contenido de este libro se ha
estructurado de acuerdo con los conceptos que se acaban de exponer. Comienza
con la 1ª guerra mundial, que marcó el derrumbe de la civilización (occidental)
del siglo XIX. Esa civilización era capitalista desde el punto de vista
económico, liberal en su estructura jurídica y constitucional, burguesa por la
imagen de su clase hegemónica característica y brillante por los adelantos
alcanzados en el ámbito de la ciencia, el conocimiento y la educación, así como
del progreso material y moral. Además, estaba profundamente convencida de la
posición central de Europa, cuna de las revoluciones científica, artística,
política e industrial, cuya economía había extendido su influencia sobre una
gran parte del mundo, que sus ejércitos habían conquistado y subyugado, cuya
población había crecido hasta constituir una tercera parte de la raza humana
(incluida la poderosa y creciente corriente de emigrantes europeos y sus
descendientes), y cuyos principales estados constituían el sistema de la
política mundial. Los decenios transcurridos desde el comienzo de la 1ª guerra
mundial hasta la conclusión de la segunda fueron una época de catástrofes para
esta sociedad, que durante cuarenta años sufrió una serie de desastres
sucesivos. (…) Sus cimientos fueron quebrantados por dos guerras mundiales, a
las que siguieron dos oleadas de rebelión y revolución generalizadas, que
situaron en el poder a un sistema que reclamaba ser la alternativa,
predestinada históricamente, a la sociedad burguesa y capitalista, primero en
una sexta parte de la superficie del mundo y, tras la 2ª guerra mundial,
abarcaba a más de una tercera parte de la población del planeta. Los grandes imperios
coloniales que se habían formado antes y durante la era del imperio se
derrumbaron y quedaron reducidos a cenizas. (…) [en 1929] se desencadenó una
crisis económica mundial de una profundidad sin precedentes que sacudió incluso
los cimientos de las más sólidas economías capitalistas y que pareció que
podría poner fin a la economía mundial global, cuya creación había sido un
logro del capitalismo liberal del siglo XIX. Incluso los Estados Unidos, que no
habían sido afectados por la guerra y la revolución, parecían al borde del
colapso.
Mientras la economía se tambaleaba,
las instituciones de la democracia liberal desaparecieron prácticamente entre
1917 y 1942, excepto en una pequeña franja de Europa y en algunas partes de
América del Norte, como consecuencia del avance del fascismo y de sus
movimientos y regímenes autoritarios satélites.
Sólo la alianza —insólita y
temporal— del capitalismo liberal y el comunismo para hacer frente a ese
desafío permitió salvar la democracia, pues la victoria sobre la Alemania de
Hitler fue esencialmente obra (no podría haber sido de otro modo) del ejército
rojo.
Desde una multiplicidad de puntos de
vista, este período de alianza entre el capitalismo y el comunismo contra el
fascismo —fundamentalmente las décadas de 1930 y 1940— es el momento decisivo
en la historia del siglo XX.
(…) El principal interrogante al que deben dar respuesta los historiadores
del siglo XX es cómo y por qué tras la segunda guerra mundial el capitalismo
inició —para sorpresa de todos— la edad de oro, sin precedentes y tal vez
anómala, de 1947-1973. (…)
Aunque el hundimiento del socialismo
soviético —y sus consecuencias, trascendentales y aún incalculables, pero
básicamente negativas— fue el
acontecimiento más destacado en los decenios de crisis que siguieron a
la edad de oro, serían estos unos decenios
de crisis universal o mundial. La crisis afectó a las diferentes
partes del mundo en formas y grados distintos, pero afectó a todas ellas, con
independencia de sus configuraciones políticas, sociales y económicas, porque
la edad de oro había creado, por primera vez en la historia, una economía
mundial universal cada vez más integrada cuyo funcionamiento trascendía las
fronteras estatales y, por tanto, cada vez más también, las fronteras de las
ideologías estatales.
Concluye —como corresponde a
cualquier libro escrito al comenzar la década de 1990— con una mirada hacia la
oscuridad. El derrumbamiento de una parte del mundo reveló el malestar
existente en el resto. Cuando los años ochenta dejaron paso a los noventa se
hizo patente que la crisis mundial no era sólo general en la esfera económica,
sino también en el ámbito de la política. El colapso de los regímenes
comunistas (…) no solo dejó tras de sí una (…) zona dominada por la incertidumbre
política, la inestabilidad, el caos y la guerra civil, sino que destruyó el
sistema internacional que había estabilizado las relaciones internacionales
durante cuarenta años y reveló, al mismo tiempo, la precariedad de los sistemas
políticos nacionales que se sustentaban en esa estabilidad. Las tensiones
generadas por los problemas económicos socavaron los sistemas políticos de la democracia
liberal, parlamentarios o presidencialistas, que tan bien habían funcionado en
los países capitalistas desarrollados desde la segunda guerra mundial. Pero
socavaron también los sistemas políticos existentes en el tercer mundo.”
Hobsbawm, E. - “Historia del siglo XX”